El mundo vuelve a poner a prueba al Perú
El nuevo Gobierno asumirá en un escenario internacional bastante menos benigno de lo que sugieren algunas proyecciones locales de crecimiento. La economía peruana conserva fortalezas importantes, pero enfrentará simultáneamente tres amenazas externas: un nuevo choque energético, un fenómeno de El Niño potencialmente severo y una desaceleración mundial asociada con las guerras, la fragmentación comercial y la creciente rivalidad geoeconómica. El FMI proyecta que la economía mundial crecerá apenas 3.1% en este 2026, por debajo de los promedios observados antes de la pandemia.
Al mismo tiempo, estima que la inflación global aumentará de 4.1% en el 2025 a 4.7% este año, antes de retroceder en el 2027. Es una combinación incómoda: menos crecimiento, pero mayores presiones sobre los precios. No es todavía una estanflación mundial, pero sí un entorno con algunos de sus rasgos.
El primer canal de riesgo es el petróleo. La intensificación del conflicto en el Medio Oriente y las amenazas sobre las rutas marítimas de la región han vuelto a elevar el precio del crudo. El Brent superó recientemente los US$ 90 por barril.
El Banco Mundial calcula que los precios de la energía podrían aumentar 24% durante este año y que el conjunto de materias primas subiría alrededor de 16%. Para el Perú, el efecto no termina en el precio de los combustibles. El petróleo más caro eleva los costos de transporte, electricidad, manufactura, pesca y distribución.
También encarece los fertilizantes y otros insumos agrícolas, que luego se trasladan a los precios de los alimentos. El segundo riesgo viene del Pacífico. La Organización Meteorológica Mundial advertía ya una probabilidad de 80% de que El Niño se consolidara entre junio y agosto, y superior a 90% de que persistiera durante los meses siguientes.
La última evaluación de la NOAA indica que el fenómeno continuará fortaleciéndose y tiene una probabilidad de 97% de prolongarse hasta los primeros meses del 2027. Existe todavía incertidumbre sobre su intensidad y sus manifestaciones regionales, por lo que sería prematuro asegurar que tendremos un “súper Niño”. Pero sería mucho más grave actuar como si esa posibilidad no existiera.
El Niño no afecta únicamente al Perú. Puede generar sequías en algunos países, lluvias e inundaciones en otros, alterar los ciclos de pesca, reducir la producción agrícola, afectar la generación hidroeléctrica y perturbar rutas logísticas como el canal de Panamá. Por ello, sus consecuencias también nos alcanzan mediante mayores precios internacionales de alimentos, fletes e insumos, incluso cuando el daño climático ocurra fuera de nuestro territorio.
El tercer riesgo es una menor expansión del comercio y de la inversión mundial. Las guerras actuales se superponen con mayores aranceles, controles de exportación, sanciones, subsidios industriales y políticas destinadas a asegurar el abastecimiento de minerales, alimentos, semiconductores y energía. Las empresas están reorganizando sus cadenas de suministro siguiendo criterios de seguridad económica y afinidad geopolítica, no necesariamente de eficiencia.
Eso eleva costos, reduce productividad y debilita la capacidad del comercio para impulsar el crecimiento. Para una economía pequeña y abierta como la peruana, el impacto puede llegar a través de menores exportaciones, términos de intercambio más volátiles, encarecimiento del financiamiento y postergación de inversiones. Si la inflación persiste en las economías avanzadas, sus bancos centrales mantendrán tasas de interés elevadas durante más tiempo.
Esto restringirá el acceso al crédito, fortalecerá la aversión al riesgo y reducirá el espacio para que los países emergentes relajen su propia política monetaria. El Perú no está indefenso. Cuenta con reservas internacionales, un Banco Central creíble, un sistema financiero sólido y una deuda pública todavía moderada.
Pero esas fortalezas no deben convertirse en una invitación a la complacencia. La inflación peruana ya ha recibido el impacto del incremento del petróleo y se mantiene por encima del rango meta. La primera obligación del nuevo Gobierno será preservar esos amortiguadores, pero eso implica decisiones concretas desde el inicio.
Por ejemplo, establecer una regla clara para evitar nuevos retiros de fondos previsionales y limitar el uso de subsidios energéticos solo a hogares vulnerables mediante padrones existentes. En paralelo, se debería aprobar un paquete de inversión rápida en prevención de desastres que priorice la limpieza de ríos en la costa norte, el reforzamiento de puentes críticos en Piura y Lambayeque, y la protección de plantas de agua potable en ciudades expuestas a inundaciones. En el frente productivo, es clave destrabar proyectos específicos que hoy están paralizados o demorados.
Reactivar Tía María, Quellaveco II o proyectos de transmisión eléctrica permitiría sostener inversión y empleo en un contexto externo adverso. Asimismo, se podría lanzar un programa de compras públicas anticipadas de fertilizantes y semillas para pequeños agricultores en zonas vulnerables al Niño, reduciendo el impacto sobre la próxima campaña agrícola. En comercio exterior, más que declaraciones generales, se requiere una agenda operativa: acelerar la implementación del puerto de Chancay con conexiones logísticas eficientes hacia el interior, negociar protocolos sanitarios pendientes para exportaciones agrícolas a Asia y diversificar proveedores de combustibles mediante contratos de mediano plazo.
También sería útil fortalecer mecanismos de cobertura de precios para empresas exportadoras expuestas a alta volatilidad. El escenario internacional no justifica el pesimismo, pero sí demanda previsión. Los choques externos no pueden evitarse; lo que sí puede evitarse es que encuentren al Estado sin decisiones tomadas, sin proyectos listos para ejecutarse y sin prioridades claras.
En los próximos meses, gobernar bien significará, sobre todo, pasar de las advertencias generales a acciones específicas antes de que las amenazas se conviertan en crisis. Mercedes Araoz es profesora investigadora de la Universidad del Pacífico.